miércoles, 10 de diciembre de 2008

441. En estos días en que no puedo ni conmigo mismo quiero volver a los cuatro años y al jardín


H
oy volví al jardín. Sí. Después de 30 años. Volví a mi jardín: el 902 "Gabriela Mistral" de calle Corrientes al 300.


Pasé mi vida en el barrio y pasé mil veces por esa puerta de rejas: incluso un día, de pibito, me paré en mi triciclo para pasar las rejas y entrar en el jardín cerrado porque lo extrañaba y el triciclo se movió y las rejas pasaron por mi brazo izquierdo y quedé colgando y como tenía una polera de esas que no se rompían ni con un misil tardé en darme cuenta de que el brazo izquierdo estaba agujereado y en casa dije Me pica, má y en el hospital me pusieron unos puntos y acabo de arremangarme para ver cuántos y conté cinco medio borroneados, ya.


Hoy volví al jardín porque en el puntocom del diario pensamos un especial navideño en video y no se nos ocurrió nada mejor que poner a un montón de ternuritas -bestias indescifrables- contando cándidamente qué le piden a Papá Noel.

-Ojo con lo que preguntan -advirtió la directora, Fabiola-. Acá hay muchos chiquitos que saben la verdad de la milanga, eh. Yo creo que en dos o tres años se vienen al jardín con la laptop.


Primera parada: los más grandes, los de cinco años. Entramos con el Cefe en la salita naranja.

-Son díscolos, estos -me avisó la seño-. No sabés. No hay forma de que se concentren más de un ratito en una actividad.

-¿Y no pasa con todos? -le pregunté.

-Bueno, sí. Bastante. Pero estos tienen problemas de conducta. Muchos están medicados.

-A la mierda.


Tampoco fue para tanto. O sea: hacían competencia de alaridos, pero todo bien cuando les pedimos que se sentaran en una sillita, de a uno, todos van a salir en la tele, ¿a ver? ¿cómo te llamás?, ¿y qué le pedís a Papá Noel?

-Nada -dijo la chiquita, que había levantado la mano para contestar y contó que se llamaba Martina.

-¡Eh! ¿Cómo "nada"?

-...

-Bueno. ¿Y a los Reyes?

-Nada.

-¿Y por qué nada?

Martina miró la cámara y entrelazó los dedos. Los compañeritos se le reían con crueldad inocente. Y ella en silencio. Y yo no sabía qué carajo decir, cómo remontarla.

-Bueno, lo que sea. Decí que Papá Noel te traiga lo que sea.

-Lo que sea -dijo Martina.

-¡Bieeeeeeeen! -dije, estúpidamente. Por supuesto, usé ese tonito pavo con el que se les habla a los chicos por defecto: por defecto de los adultos-. ¿A ver? ¿Quién sigue?


Segunda parada: los más chiquitos, los de tres años. Salita verde. Estaban tomando la leche en tazas amarillas de plástico y con galletitas surtidas. Todos querían las de chocolate, como debe ser.


-¡Hola, chicooooos! ¡Buenas tardes! -saludé. De nuevo el tonito defectuoso-. ¿Saben una cosa? Yo también vine a esta salita verde...

Solo dos o tres pibitos sacaron la cara de la taza para mirarme. Y una pelirroja se rió. Me pareció un gesto solidario: para que no me sintiera TAN estúpido.

Pensé que lidiar con pendejos es más difícil que encararse a la más linda del boliche. Pensé en una novia que tuve; una maestra jardinera divina y primeriza a la que le hice todos los chistes posibles al respecto, a la que taladré bastante con eso de la responsabilidad por ser la primera educadora formal, a la que no le dije suficientes veces que su entrega total en un jardín asperísimo de Fuerte Apache me resultaba conmovedora.


Tercera parada: el recreo en el patio. Recordé que ese patio para mí era el mundo, literalmente. Porque llegaba hasta las vías del tren y atravesarlo representaba una exploración inigualable. Prefería eso antes que el arenero, lo cual (se sabe) es mucho decir.


-¿Cómo te llamás?

-Tomás.

-¿Y qué le vas a pedir a Papá Noel?

-Un chupín.

-¡Ja, ja, ja! ¡Un chupín! -lo gastó una piba, balde en mano.

-Es que soy flogger -dijo Tomás, lo más tranquilo.



Tres amigos se abrazaron y me pidieron que les sacara una foto. Me hicieron acordar a mis compañeros del jardín como Pipi Galmarini, Andrés Souto, la Dumba Dümmig. Y ya que estamos: a la primera seño de la que me enamoré, los fucking toc-toc hechos con palos de escoba, la Gorda Felman y su piano, los bichos canasto que me mostraba el abuelo en los árboles de Las Heras al 400, la bocina del tren mientras cantábamos Estamos invitados a tomar el té.

-¡Qué linda foto, chicos! Miren, miren... -dije, mostrándoles la imagen mínima en la pantalla del celular. Y otra vez el tonito estúpido.

Me iba, intuyendo de manera muy perspicaz que no es lo mío tener onda con los pibes, cuando vi que uno abrazaba al Cefe y me sentí muy solo.

-¿Qué, lo conocés?

-No.

-¿Y por qué te abrazó?

-Qué sé yo. Me dijo ¡Abrazoooooo! y se me tiró encima. Me habrá visto cara de Barney.


Jardín 902

domingo, 7 de diciembre de 2008

440. Check list

(Desde Buenos Aires)


-Charlar con Perantuono de la vida, cara a cara, horas, como hacía demasiados meses no pasaba. (Incluso con reminiscencias apocalípticas de 2001; tajos emocionales del tipo No, no tenemos arreglo y ESTO tampoco.)

-Pasar toda la tarde en una quinta de Pilar comiendo asado, metiendo líquido, oliendo a pasto.

-Tomar el 21 en General Paz, ir a Vélez, penar otra derrota de River, dejar la garganta furiosa.

-Desayunar pantagruélicamente leyendo El País y con Bob Dylan estrujándote.

-Hacer más o menos unas hamburguesas en la parrilla de una terraza sintonizando con la placidez dominguera de rioba porteño.

-Pensar en cuántos bueyes se han perdido, qué lo parió, al ver al Gordo Lanata en el Maipo.

-Seguir a Funes (Funes sabe lo que hace) y concurrir página en blanco al reviente organizado por un PhD francés en un barsucho sin nombre.

-Aceptar que cumplir años acontece: entonces que se vengan los 34, y a darles la bienvenida íntima. Con calma zen y sin que nadie se dé cuenta.

viernes, 5 de diciembre de 2008

439. SMS Nº 79


N
ecesito airear la cabeza. O volármela. O mejor: que me la corten.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

438. Mala praxis


L
a camioneta policial se estaciona frente al hospital. Se baja un policía y fumando espera junto a la puerta. Enseguida llega una mujer con un bebé en brazos y un chico de la mano. La mujer le da un beso en la boca al policía y le dice hola mi amor cómo estás, el nene dice hola pá, el bebé berrea balanceando los puños cerrados. Los cuatro se suben a la camioneta policial: el policía en el asiento del conductor, su familia en los de atrás. Divididos por una reja.


El radiólogo del hospital cruza la calle y entra en el bar. Saluda al dueño y le pide lo de siempre. Se pone a ver el partido y putea. Toma una cerveza y putea. Se le caen unas gotas en el uniforme azul y putea. Toma otra cerveza y putea. No grita el gol y putea. Se acaba el juego y putea. Putea y paga las cervezas. Saluda al dueño y se va puteando. El radiólogo del bar cruza la calle y entra en el hospital.


Veo las dos escenas un domingo de estos, tomando cerveza y puteando. Y pensando en que el policía que usa la camioneta policial de remís le pide a su familia que se siente donde van los delincuentes para no tener quilombo si lo enganchan. Y pensando en que el radiólogo del hospital y del bar se debe agujerear el estómago con pastillas de menta para que no le sientan el aliento. Y pensando en que habría que denunciar por mal desempeño de sus funciones a los jugadores de River.

lunes, 1 de diciembre de 2008

437. La manito, el muñón, la masa y el músculo


1.

Cómo, me querés explicar. Cómo puede ser. Cómo se genera esto: así de rápido, así de sofocante, así de perturbador. Cómo se degenera en esto. Cómo... Cómo, si sólo querías que te diera una maaaaaanito, una caricia vil parecida al ánimo pasajero. Cómo, decime vos. Cómo en 15 minutos se produce un infanticidio tierno y en los 15 siguientes un monumento a Eros que dura horas y horas en un Chevallier cama total.


2.
Gustavo salió a dar una vuelta, solo, una madrugada de veranísimo pegajoso. Igual su gaydar funcionaba: "Esta plaza está llena de putos", pensó. Caminó para atravesarla lo más rápido posible. Pasó al lado de uno croto, viejo, nauseabundo. Gustavo detectó deseo sexual en la mirada del croto y le dio asco. Pero a los pocos metros se dio vuelta. El croto lo seguía mirando atentamente. Gustavo miró atentamente y vio que al croto le faltaba una mano. "El puto más feo del mundo", pensó. Cuando llegó al hotel me contó la escena y dijo que hubiera querido decirle al croto: "¡Metete el muñón!". Tardé una hora en dormirme.


3.
Entré en un quiosco de la terminal de micros cordobesa para comprar cigarrillos. El dueño atendía a un policía y antes que yo estaba un pibe de unos siete años con pantaloncito corto, musculosa y una máscara negra con ribetes dorados. A la altura de la frente decía "La Masa".

-¡Uy, La Masa! ¡Qué mieeeedoo! -sobreactué.

El pibe me miró, muy serio. Con su mano derecha y bastante esfuerzo se quitó la máscara adherida a la piel sudorosa y me dijo:

-No, señor. Soy un nene.


4.
La chica del asiento de al lado se sacó los zapatos, se acurrucó y se puso a leer un libro gordo. Recién cuando nos bajamos en Río Cuarto porque se había roto el aire acondicionado y ella esperaba leyendo en un banco vi que el libro gordo era La ilíada.

-"Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles" -le dije.

-¿Qué?

-Nada. Que así empieza el libro.

-Ah. ¿A ver?

Fue al principio, constató, sonrió.

-Héctor era el grosso -le dije-. Aquiles no. Pasa que Hollywood. Eso pasa. Si viste la película Troya te quedás con una imagen...

-Brad Pitt.