lunes, 3 de noviembre de 2008

417. Trabajo práctico: la traición


¿
Vos querés hablar de traición? Hablemos, dale, todo bien. Da para largo, ¿eh? Poneme Disintegration de The Cure y yo le doy. Ni con el cliché tengo problemas. Bah, duele como la mierda hablar de traición pero dale, todo bien. Me la banco.

O sea, a la traición no me la banco. Ni un poco. Nada, ¿eh? Ni olvido ni perdón, como para los milicos genocidas o los terroristas subversivos, ponele. Qué sé yo. Te dije que ni un problema con el cliché. A nivel relaciones humanas no se me ocurre qué puede ser peor que la traición.

Digo: vos querés bien a alguien y le das todo, ¿no? No digo vos-vos, che. Uso la segunda persona porque me sale más cómodo pero si querés hablo en primera. OK. Si quiero a alguien, si lo quiero bien, yo le doy todo. Ojo: no me refiero a cosas materiales (aunque también entran, si es necesario). Me refiero a que si te quiero y vos necesitás un riñón o un huevo, bueno, ahí voy a estar, primero en la fila de los donantes aunque me desmayo cuando me sacan sangre, ¿me entendés?

Tampoco es que entra la humanidad entera en esa categoría. No soy Terencio, no tengo nada que ver con Homo sum: humani nil a me alienum puto. Además, me gustan las nenas. Cuac.

Bueno, me refería al círculo íntimo, a la gente que está más cerca tuyo... Perdón, a la gente que está más cerca mío. Un puñadito. Por eso digo, a falta de mejor definición, "las personas que quiero bien".

Pictures of you, qué temazo. Re da Cure para el bajón, ¿no? Hablar de estos temas es un bajón. Oh hold for the last time, then slip away, quietly...

Te decía: doy todo. Y no espero a cambio lo mismo, que quede claro. Lo que sí espero es que no cruces la línea. Que no traiciones, loco. No me hagas lo que vos sabés perfectamente que yo jamás te haría. Esa es la línea. Si la cruzás, chau. Pero chau en serio. Ni olvido ni perdón: no tengo la grandeza que se requiere para olvidar y perdonar. Soy un talibán, en esto. Porque, decime vos si no, yo creo que si una vez cruzaste la línea, ya está, ya fue, ¿por qué no vas a cruzarla de nuevo? Y qué necesidad tenías de cruzarla, la puta que te parió...

No, no me importa quién sea. Hermano, tío, abuelo, amigo, compañero de laburo, Blancanieves... Da igual. Algunas traiciones son más dolorosas que otras, pero. Ni hablar.

¿Si me pasó muchas veces? Varias, sí. Qué sé yo, más de las que lógicamente podía esperar, teniendo en cuenta ciertas personalidades. Qué sé yo. Demasiadas, te diría. Y sueno como un boludo inflexible, pero como buen boludo estoy convencido de mis convicciones. Mierda, mandé dos palabras seguidas con conv. Convencido, convicciones. Ya que estamos: convexo, conveniente. Con veneno.

Bancame la digresión pelotuda. La necesitaba. También necesito más vino. Cómo me gusta el Cabernet.

Lo que pasa es que prefiero la soledad antes que caretearla, antes que bancar golpes bajísimos y tener alrededor un pequeño ejército de hipócritas entusiastas. No sirvo para eso. Bah, no quiero servir para eso. Elijo no servir para eso. Y no sabés lo bien que duermo.

Te planteo una situación: todos los días -para lavarte los dientes, para afeitarte, para peinarte- te mirás al espejo. Y no podés engañar a ese del reflejo. Espejo-reflejo es una rima que sólo le queda bien a Borges.

Puta que sos morboso, loco. ¿Un ejemplo, querés? Echale alcohol al tajo y después tirá un fosforito, total... Bueno. Te cuento la última. La última traición fue tremenda. De un dolor casi imposible de aguantar y aceptar. Y reparar. Por lo inesperado, sobre todo. Jamás se me hubiera ocurrido. Nunca la vi venir. Una amistad tan profunda... y así, ¡pif!, a la mierda, perdida por abandono. Pif, chau. Así nomás. Yo todavía no lo puedo creer.

¿Me estás cargando? Claro que lo hablé. Cómo no lo voy a hablar. Duramente. Dos veces lo hablé. Haciéndome cargo, incluso, como si. Una vez lo hablé el Día del Amigo, fijate vos qué ironía. La otra como un mes después. Y el tipo, Sí, sí, tenés razón, no sé qué pasó, no sé cómo pasó y luego pif, chau, a la mierda. Desapareció. Nunca más una palabra. Después de TANTO –porque, creeme, fue muchísimo. Ni siquiera fue capaz de decir las cosas en la jeta, de tratar de revertir la situación, de buscar un equilibrio, de acercarse mínimamente en uno de mis momentos más jodidos, de hacerse grande. Nada. Se borró por completo.

No te exagero: fue la decepción más grande de mi vida adulta.

Hace unos días les decía al Tano y a mi vieja, dramatizando un poco, que lo más probable es que termine solo. Es un escenario tremendo, una locura. Pero al menos tiene dos certezas confortables después de tanto dolor y tanta mierda: 1) yo no me voy a traicionar y 2) desde pendejo me acostumbré bastante a mi soledad, no le temo, la quiero bien. Y la soledad no me puede traicionar.

Eso creo.

En eso creo.

¿Muy patético lo que te conté? Daaaleeeeee... ¿Por lo menos te sirve de algo para tu trabajo práctico? ¿Sí? Bueno, me alegro.

¿Si me sirvió a mí? ¡El vino me sirve! Todo bien, loco, pero pará un poquito con tu mambo de psicoanalista. ¿Vos decís que lo necesito? Je, andá a cagar. Bueno, bueno. Te agradezco la onda, ¿eh? Cuando te recibas vemos, boludo. No me jodas ahora.

viernes, 31 de octubre de 2008

416. Hand me the keys, you fucking cocksucker (*)


Todavía falta un poquito, pero igual: ¡¡Iuujuuuuuuuuuuuuuuu...!!









[(*) La frase del título no me pertenece -ustedes saben que yo no adhiero a las expresiones soeces. Sale de una comiquísima escena de la brillante película Los sospechosos de siempre. Si no la vieron, tienen que verla. Y si la vieron, tienen que verla otra vez. Sí, hoy me levanté imperativo y después me hice llave. Sepan comprender. Victory is mine!]

miércoles, 29 de octubre de 2008

415. Apa, che


E
l pibe cabeza aplastada con poxirrán tenía por primera vez decenas de micrófonos, grabadores y cámaras apuntándolo. Dijo que se llamaba Edgar y que tenía 18 años. Y dijo:

-Y le recabió al gendarme.

-¿Por qué lo hicieron? -le preguntó un periodista.

-Por diversión pasó esto, un flash. Vino un pibito enfierrado de laburar, que capaz que se habrá ido a las 6 o 7 de la mañana a meterse a una casa, y vio a los gendarmes que estaban pestañando y lo pasaron a valores.

Cuando terminó de hablar con los medios, la policía lo detuvo.


El gendarme Roberto Centeno estaba de guardia hoy a la una y pico de la mañana. Mientras completaba una planilla en una garita gris de Fuerte Apache recibió un tiro en la cabeza y murió automáticamente.

Tenía 28 años, una mujer, dos hijos.


El Fuerte Apache original es una reserva indígena ubicada en Arizona, el estado más racista de los Estados Unidos. Un parque histórico donde se conservan edificaciones militares del siglo XIX.

Apache sería una deformación española del término zuñi apachu, que quiere decir "enemigo".

En inglés, los policías y los militares le dicen Fort Apache a cualquier lugar peligroso: Irak, por ejemplo.


El complejo de unas 5.000 casas queda en Ciudadela, partido de Tres de Febrero, zona oeste del Conurbano bonaerense. Empezó a construirse durante el onganiato para erradicar villas. Para invisibilizar pobres, bah.

Algún burócrata meticuloso quizá todavía le dice Ejército de los Andes al barrio que todos conocen como Fuerte Apache. Y ese burócrata meticuloso debería ser hincha de River, además: desde que el futbolista made in Apache Carlos Tevez explotó en Boca, el barrio con su nombre popular se hizo marca registrada global.


A principios de este mes, inspirada en Tevez, la marca registrada global Nike lanzó una línea de ropa urbana bajo el concepto "Cultura Apache".


Conozco al menos una persona a la que le fascina el personaje Tevez por demás, y más allá. Es una dama bahiense, tipo rubia de ojos claros escritora periodista muy piola inteligente. El otro día se compró esa remera roja y me contó que estaba fastidiada porque no había talles para mujeres.

Ella tiene una idea copante: hacer un libro sobre Tevez.

"Ahora cambiaron los códigos del barrio", dijo el Apache desde Inglaterra, donde juega para el Manchester United.

Vas corriendo con tus Nikes
y las balas van detrás

[Indio Solari, Nike es la cultura, del álbum
El tesoro de los inocentes (bingo fuel), 2004.]


Usted dele, donia Soña: a este capítulo sobre el barrio ya me lo imagino. Go-la-zo.

martes, 28 de octubre de 2008

414. Ahora le tomamos la leche al gato


¡
Maradóooooooo!

Maradóoo.

¿¿¿Maradó...???

sábado, 25 de octubre de 2008

413. En Montecarlo dejé hasta los calzoncillos

[Sale la tercera entrega de las historias europeas colgadas. Esta ocurrió en la Costa Azul francesa, claramente un lugar de merde.]


T
eníamos dos opciones: 1) nos quedábamos cuatro días en Barcelona y veíamos un partido de Pepe Sánchez, o 2) agarrábamos un auto y recorríamos la Costa Azul francesa.

Glamour, Teté. Arrancamos en un Gol azul gasolero por los Países Catalanes y sus montañas y sus viñedos y sus autopistas con peajes glamorosos de, ponele, 18 euros y cero presencia humana: pasabas la tarjeta de crédito por la máquina, te escupía un recibo y la barrera se subía.

Decidimos hacer base en Niza por dos razones: 1) desde ahí podríamos subir a Montecarlo y bajar a Cannes, Saint-Tropez, Toulon y Marsella, y 2) ahí encontramos el único hostel de la zona cuyos precios no nos obligaban a alquilarles nuestros cuerpos a los camioneros de la Comunidad Europea.

Estaba bueno, el hostel. Tenía onda como casi todos (un montón de jóvenes en ebullición having fun celebrando la vida disfrutando el mundo siempre es un buen ambiente); tenía un bar donde vendían cerveza a un eurito; tenía Internet gratis.

También tenía, sin embargo, un par de problemitas. Uno: quedaba lejos del centro y en una colina demasiado empinada. Dos: el descontrol del lugar anidó en una recepcionista australiana que cierta noche, después de toneladas de cerveza a un eurito y un interesante desajuste hormonal, se empomó sonoramente a otro canguro en nuestra habitación y delante de todos, tras lo cual bautizó la cama con un contundente y oloroso vómito.

Pero muy linda, Niza, ¿eh?



El Día de los Trabajadores del año dos mil ocho después de Nuestro Señor Shisuscráist salimos a festejar holgazaneando por la Costa Azul francesa, con rumbo norte.

Si mirabas por las ventanillas derechas del tren, te bañaba el azul inescrupuloso del Mediterráneo. Nos bajamos en Cape D’Ail, una villa nariz parada con cirugía desde la cual partía un sendero que llevaba hasta Montecarlo atravesando los acantilados y los yates con helicóptero.



Había una bandera como la de River pero con los colores al revés, estaban los tubos de aire en filita y los trajes de neoprén colgaban, goteando. Mente Sherlock concluyó: "Elemental: estos tipos acaban de bucear".

Era un mediodía soleado y fresquito. Mente Sherlock fue al negocio y preguntó si había otra salida: sí, había, pero después de comer.

-¿Y cuánto cuesta? Ojo con lo que decís: soy un argentino indigente –dijo Mente Sherlock.

-Y..., para vos, 25 euros –dijo el dueño, un francés que chapuceaba español e inglés.

-¡Eeeehhhhhhhh! –se asombró falsamente Mente Sherlock, que venía de pagar 40 euros para bucear en Croacia—. ¿Todo incluido?

-No. El alquiler del equipo se cobra aparte.

-¡Eeeeehhhhhhh! Dale, soy un argentino indigente y me encanta La Marsellesa –dijo Mente Sherlock, como si.

-Bueno, OK, 25 euros todo.

-¡Allons enfants de la Patrie!



No iba preparado para bucear. Esto me obligó a ponerme los jeans sin nada abajo y a transportar en la mano mis calzoncillos mojados mientras nos cruzábamos con gente coqueta rumbo a Montecarlo.

Apenas pisamos el Principado de Mónaco tuvimos que hacer una parada técnica en el McDonald's más cheto del mundo para acallar unos estómagos que andaban vacíos desde hacía nueve horas. No podíamos pensar del hambre.

Cambio: sale Mente Sherlock, entra Mente Cato.

Recién después de tragar hamburguesa y papas, después del pucho, después de recorrer el puerto obsceno con sus barcos multimillonarios,



después de saludar a Fangio y ver las instalaciones del Gran Premio de Fórmula 1,


después de que el casino de merde me desplumara 100%,



recién entonces, cuando dije: "Me quedé sin un mango. Estoy en bolas", me di cuenta de que era literalmente así: me había olvidado los calzoncillos en el McDonald's.