806. Un informe de la hostia

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AEZ
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El ambiente andaba movidito. Un poco sorprendido, algo nervioso: como cuando el sábado a la mañana temprano te tocan el timbre los testigos de Jehová y vos estabas durmiendo.
El gran Mario García, un experto en repensar medios desde hace más de tres décadas, vino a tocarnos el timbre en La Nueva Provincia y nos estaba despertando y entonces mi celular ardió y me paré y le dije: "Mario, el Papa es argentino", y me fui de la reunión para editar la ENORME noticia en lanueva.com.
Cuando más o menos la euforia se diluyó, puse en Twitter que había tenido "una razón de fuerza mayor periodística" para interrumpir a Mario.
Él me contestó que fue "un gran momento que no hemos de olvidar pronto", y yo le dije que "ni el peor guionista de Hollywood se habría animado a pensar lo que pasó hoy".
Porque, en serio: el tipo estaba sacudiéndonos una modorra atávica, retando a quienes en pleno 2013 todavía pretenden cobijarse con el papel mientras desdeñan lo digital, y justo un teléfono celular (que para los dañinos dinosaurios es un instrumento del demonio -con perdón de Francisco I-) avisaba que el nuevo CEO de dios era un argentino...
Soy agnóstico, pero igual voy a interpretar todo esto que sucedió el 13 de marzo de 2013 como una señal divina.
Porque además en la matutina de la Quiniela nacional salió a la cabeza el 8.235, número de socio de San Lorenzo que tiene el flamante papa Jorge Bergoglio.
Porque en el sorteo nocturno quedó primero el 40, que según los sueños es "El cura".
Y porque esta noche la lotería de la provincia de Buenos Aires cantó el 88, que es "El Papa".
INCREÍBLE. Entreguémonos al cambio, por el amor de Jesús...
(Extra: Mario hizo una narración sobre este día inolvidable en su blog.)
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Llegué a Washington unos días antes de que arrancara el programa del Departamento de Estado y el International Center For Journalists mediante el cual me invitaron a cubrir las elecciones presidenciales.
Especialmente mandé temprano para ver al gran John Kelly, columnista del Post y un amigo que me dio aquella experiencia inolvidable que hice en la Universidad de Oxford durante 2007 y 2008.
Y también para agenciarme un buen traje a buen precio.
John me acompañó a recorrer algunos shoppings y malls del DC y alrededores durante... CASI 9 HORAS. Pero finalmente lo conseguí. Sólo había que arreglar un toque el largo del pantalón.
En el mismo local (el Burlington Coat Factory del City Place) había un sastre: era un negro de unos 60 años, grandote, pelado, nacido en Trinidad y Tobago, que se reía demasiado. Según dijo, había estudiado en Parsons, una universidad privada neoyorquina que está entre las más prestigiosas escuelas de arte y diseño del mundo. Me resultó raro que el tipo hubiera terminado laburando en un shopping cualquiera, pero bué, al menos se suponía que mi traje estaba en buenas manos.
Porque además me tiró un precio bastante Parsons para hacer el arreglito pedorro ese: 36 dólares. Ah, y me dijo que iba a estar recién en CUATRO días.
La cuestión es que me fui tranquilo a New York para visitar al crack de Hernán Iglesias Illa, periodista y escritor. Total, al volver iba a tener mi buen traje listo justo para el comienzo del programa.
Al volver no estaba listo:
-Dice el sastre que perdió tu pantalón -me dijo John, que suele ser un tipo MUY gracioso.
-Dale, no me jodas...
-Es en serio.
-Daleeeeeee.
-¡En serio!
Y era en serio, nomás. El fucking sastre trinitense supuestamente educado en la fucking Parsons había perdido mi pantalón. En un país serio estas cosas no pasan.
Lo fuimos a ver, con el enojo y la urgencia del caso. Ahí mismo me hizo probar otro, me lo midió, me lo arregló y me lo llevé.
Al día siguiente me dispuse a compadrear mi buen traje. Todo iba perfecto hasta que en un momento me agaché y sentí el crisssshhhhhh de rigor cuando algo se rompe.
No volví a usar el pantalón hasta que Barack Obama visitó Las Vegas. Un poco por bronca y mucho porque no tenía guita ni tiempo para mandarlo de nuevo a arreglar.
Y así fue cómo el 1º de noviembre de 2012 tuve enfrente al presidente de los Estados Unidos luciendo un
agujero en el pantalón de mi buen traje a la altura del culo.
Si
no se notó fue porque tomé la precaución protocolar de usar un
calzoncillo al tono. Nadie me dijo nada, así que considero que se trató
de una operación exitosa.
Con su desopilante estilo, John se ocupó de contar en el Washington Post la primera parte de esta historia: es decir, lo que costó conseguir mi buen traje. De hecho, es él quien calcula que pateamos 9 horitas. Y también dice, el muy atorrante:
"Le tengo la campera a Abel mientras va al probador. Cuando sale, aliso los hombros del saco. Lo veo girar frente al espejo triple. Tiro de la presilla del pantalón para ver cómo le queda de cintura. Somos una pareja bonita haciendo las compras".
(Nota: esta es la segunda vez que salgo en el Post. En 2010 John hizo una columna sobre cómo entré en EE.UU. de la mano de Miss Argentina.)
BONUS TRACK (?): "Dude, Where's My Pants" es un juego pavo y entretenido. Básicamente, tenés que esconderte para que la gente no te vea en calzones... En fin: podés jugar acá, por ejemplo.
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Periodista. Bahiense.
Editor jefe de lanueva.com.
Docente. Hincha de River.
Magíster en Periodismo, 2001.
Reuters fellow@Oxford, 2007-08.
World Press Institute fellow, 2010.