miércoles, 22 de agosto de 2012

784. Minicrónica tuitera (4): "Batman te mata"

[Me había olvidado de colgar esta historia. 
Ocurrió el sábado 11 de agosto, 
en el cine Visión 3 de Bahía Blanca.]


1) Un flaco, alto, morocho y barbudo no paró de gritar pavadas durante "Batman" y salió de la sala unas 7 veces. Pensé que nos cagaba a tiros. 

2) Primero la gente se rió, después le hizo "Shhh", después empezó a tener cierto miedo. Cuando "Batman" terminó hubo casi una estampida. 

3) Creo que el tipo estaba MUY drogado. O pifiado del marote. Fue gracioso, moplo y luego, perturbador. Me desilusionó que no pelara una Uzi. 

4) Si hubiera agujereado a la boluda que ATENDIÓ el celular o a los oligofrénicos que hacían ruidito al morfar, yo lo habría aplaudido de pie. 

5) Todo esto tan bizarro e inquietante me ayudó a decidir algo: no vuelvo al cine o terminaré con una peluca naranja tras provocar una masacre. 


 



viernes, 3 de agosto de 2012

783. Minicrónica tuitera (3): "El Sicario Sin Alma"


1) El Sicario Sin Alma se levantó hoy babeando sangre: con ganas de ejecutar. Antes esta sensación le causaba una erección pero ahora qué va.

2) La ausencia de dureza sacó de quicio al Sicario Sin Alma. Y para calmarse un poco, cortó una cabeza como quien se quita la caspa del hombro.

3) A la tarde El Sicario Sin Alma me saludó desde su auto de 150 mil dólares y ahora lo veo morfando en un fancy restaurant. Me provoca asco.

4) Al Sicario Sin Alma no le importa a quién liquidó o si fue justo: deglute los sorrentinos y ríe con un cacho de orégano en el colmillo.

5) Por las noches al Sicario Sin Alma nunca le vuelven sus fiambres: dormiría de corrido si no fuera por esa puta próstata.

6) El Sicario Sin Alma no admite su impotencia; paga cash a chicas que le dan un mimo violento y traga píldoras azules pero igual no satisface.  

7) El Sicario Sin Alma ya tiene la parcelita en un cementerio VIP y firmó un preacuerdo para que quienes hoy lo soportan vayan a su entierro. 

8) El Sicario Sin Alma cree que no hay otra vida y le angustia no tener cómo sobornar a los gusanos que engordarán clavándose su cuerpo fétido.

9) En el fondo, el único consuelo del Sicario Sin Alma es la certeza de que en cierta forma no está solo: hay demasiados Sicarios Sin Alma.  

10) La reputísima madre que te parió, Sicario Sin Alma. Te mando un fuerte abrazo. 



 

sábado, 14 de julio de 2012

782. Me resuena




Viggo Mortensen me ata a una camilla y me tapa con una frazada. Ya me siento incómodo. Mal.

Hace un ratito estaba viendo el primer programa de El péndulo: Varsky entrevistando a Lanata, sabor a poco sobre todo en ciertas respuestas; estaba en casa, calentito, tomando café y comiendo queso y dulce de membrillo (batata no existís) pero 22:30 sonó la alarma del celu y me abrigué y salí al frío bahiense rumbo al hospital porque ¡A LAS 23! tenía turno para someterme a resonancias magnéticas en el tobillo y hombro izquierdos, la primera lesión cortesía del combo squash-vejez y la segunda, tal vez del estrés.

La secretaria de Radiología me pide que llene una planilla que pregunta si uso marcapasos o si en mi cuerpo hay una bala o un cacho de granada. Estaría bueno que fueran metáforas pero no.

No quiero estar acá. Tengo sueño.

Imagino que el radiólogo Viggo Mortensen también tiene sueño y tampoco quiere estar acá.

Viggo de pronto aplaude. Dos veces. Dos aplausos cortitos. Y desde lejos, como un eco apagado, se escuchan otros dos aplausos.

-¿Tienen un código para comunicarse acá? –le pregunto.

-Claro, así avisamos cuando están cargados los datos en el sistema –dice, mirándome con esa mirada bastante terrorífica y magnética que tiene la gente con ojos casi transparentes. Me lo quedo mirando y para evitar parecerle gay (Not that there’s anything wrong with that…) no le pregunto por qué en vez de aplaudir no dicen “Che, ya están cargados los datos” o simplemente “¡Datos!”; a cambio le digo, canchero mal, bien macho:

-Uh, pueden usar ese código para avisarse cuando viene una mina que está buena.

Viggo un poco se ríe, algo incómodo, bastante terrorífico, y ordena que me saque un par de pilchas. En fin.

Entramos en la sala donde se impone La Máquina. El frío es notable, parecido al que hace afuera a esta hora en Bahía -unos 3 grados bajo cero, ponele- pero lo que más me llama la atención es un punchi punchi que suena de fondo:

-¿Y eso? ¿Música funcional? 

-Noooo –dice Viggo, un poco se ríe—: es una bomba de helio. Se usa para enfriar el imán que tiene La Máquina. Está como a 270 grados bajo cero, el helio.

-Uh.

-Bueno: acostate en la camilla y buscá una posición cómoda porque durante un rato no te tenés que mover.

-¿Cuánto rato?

-Y… más o menos media hora por cada estudio.

-Uh.

-¿Listo? Bué –tira Viggo, y procede a atarme y a taparme-. Ahora no te muevas, eh. Arrancamos.


Te dicen que no te muevas y claro, automáticamente querés moverte,  te lo prohíben algo y de pronto necesitás hacerlo, como cuando eras pibito y te decían esto no y vos sólo querías sí, la camilla sí se mueve y La Máquina me traga y empieza a ametrallarme con sus gruñidos, por ahí frena y aparece el punchi punchi infernal ese, ya sé de dónde sacaron las bases rítmicas el house, el trance, ese punchi punchi infernal ahora me parece mi propio latido, estoy acelerado porque claramente estoy por morirme, esa luz tan Víctor Sueiro, la puta que lo parió, tenía razón, nah, es sólo claustrofobia, mejor cierro los ojos o de la desesperación rompo La Máquina, ahora me pica la nariz y ahora la rodilla y ahora la entrepierna, frena la metralleta de gruñidos, suena el latido infernal, cómo hago para distraer la mente jodida y que se me pasen esta claustro luminosa y las picazones, OK, pienso pelotudeces y ya, eso me sale bien: punchi punchi, la bomba de helio, la bomba de Elio Rossi, Elio Rossi diciendo que le gustan las conchas peludas y olorientas, uh, carajo, me viene la carcajada, sale un gruñido que compite con La Máquina, ¿Qué pasa, flaco?, dice el radiólogo, Nada, Viggo, todo bien, digo Nada, amigo, Viggo dice Quietito, dale, tengo que pensar más cadenas de pelotudeces, Viggo Mortensen, mortensen es “muerto” en danés, of course, qué pelotudo, es Six Feet Under esto, Six Feet Under guionado por un pelotudo, que vengo a ser yo, o Viggo, o Elio Rossi, enemigo de Caruso Lombardi, humo humo humo, humo®, no puedo reírme otra vez, estoy muerto, la luz, Víctor, me pica, se me durmió la mano que Viggo me hizo poner abajo del culo, quedó ideal para una paja, la mano, digo, no Viggo, como si fuera la mano de una mina de concha peluda y olorienta de Elio Rossi, nunca lo hice, eh, de adolescente me freakeaba eso, quería el control que no tengo ahora porque no me puedo rascar y si abro los ojos me va a dar un ataque, 77, una banda horrible, prefiero el punchi punchi de la bomba de helio, los tiradores de Elio, tiro cosas que me hacen reír, Falta poco, dice Viggo, lo imagino sarpado de rosca en el aeropuerto donde casi termina en cana por gritar un gol de San Lorenzo, Casas de CASLA y amigo de Viggo le diría al radiólogo Sos un falso Viggo, digo, amigo, conmigo, conmigo no, basta, vos al menos te salvaste del descenso, yo me fui hace un año y me morí un poco, mucho peor que esto fue, peor que la concha peluda y olorienta de Elio Rossi, no me puedo tentar, Ya falta poco, dice Viggo, no aguanto más, estoy mortensen, ya fue, punchi punchi, el frío que tengo es terrible pero tampoco puedo temblar, concentrate, Dale que falta poco, dice Elio, no, perdón, dice Viggo, que me dijo antes que el frío de la sala es por el helio que bombea punchi punchi, y de pronto se mueve la camilla y salgo de la concha peluda y olorienta de Elio Rossi, abro los ojos y ahí están los transparentes terroríficos magnéticos de Viggo, digo: al final no me morí, sobreviví 25 minutos sin moverme gracias a que me puse a encadenar pelotudeces en mi mente jodida pensando en que iba a escribir esto y acá estoy, son las 0:34 y pongo el punchi punchi final.

miércoles, 27 de junio de 2012

781. La tuvimos adentro (macho es el que se fue a la B y volvió)


Sucedió y sentí que me saqué la japi del culo. Y no es que sepa qué se siente tener una japi en el culo. Y no es que haya algo malo con quienes eligen tener una japi en el culo. O sea: es sólo una pobre imagen, gente, ¿tengo que aclararlo?

Sucedió y me desplomé en la butaca, ya sin dolor en el culo porque me había sacado la japi, y no fue que me puse a llorar: simplemente se me cayeron las lágrimas.

Sucedió cuando este sábado iban 42 minutos del segundo tiempo en el Monumental y el enorme Trezeguet clavó el 2-0 y aseguró el regreso de River a Primera, de donde hace un año lo había arrebatado una banda inolvidable e imperdonable integrada por chorros, ineptos, mediocres, cínicos, soberbios, desquiciados, etcétera; todos, TODOS, muy hijos de puta por acción u omisión.

Y uno en situaciones como esa de emoción violenta, en la cancha de fútbol, no dice: "Oh, feneció la horrible pesadilla". Uno se expresa de otra manera.

-¡Se acabó esta mierda! –grité una y otra vez, sin controlar las lágrimas que seguían cayéndose, pesadas, cargadas de desahogo por tanta bronca y dolor acumulados.

-¡Se acabó esta mierda! –les grité al Pollo, a Esteban, a Coco, a Marian, entre abrazos de enfermos en recuperación ahí en la San Martín alta; lo mismo les mensajeé a Pablito y Mariano y el resto de mi banda de la Brown baja; lo mismo les habría dicho a los que no estaban a mano, como Fer o Pato o el Negro o Cristian o Beto; lo mismo les dije por teléfono a Andrés y en vivo a Ernesto y a Diego cuando nos juntamos para clavarnos unas cervezas y brindar porque se había acabado esa mierda y porque nos hicimos más fuertes en las malas y porque somos más de River que nunca y porque la tuvimos adentro pero volvimos y después de un año nos sacamos la japi del culo.

viernes, 30 de marzo de 2012

780. Momenticos cubanitos

(Desde Buenos Aires)


Por primera vez en mi vida desde que existe Internet estuve dos semanas desconectado.

Fue revolucionario: nunca tuve acceso en mi teléfono mientras estuve en Cuba. Y apenas se me cruzó la idea de pagar 15 dólares por una hora dije "Juira, ni en pedo", y a cambio elegí echarme en una reposera a tomar piña colada, fumarme un habano y leer Houellebecq. Chupala, esnobismo.

Total, lo único verdaderamente relevante era saber cómo salía River y el hotel tenía GolTV y un frigobar lleno de cervezas Bucanero.

Ese fue uno de los varios toques de felicidad que me regaló la isla en mis vacaciones.

No voy a reseñarlos a continuación por compasión tanto hacia ustedes como hacia mí, que ahora escribo desde esta porteña atorranta y desalmada, y extraño.

Me remitiré apenas a compartir una poca pretenciosa selección de apuntes. Van:


1.
Alguna vez me gustaría escribir una oda a la vida all inclusive, inclusive la panza y la paja que te genera.

Cayo Santa María

2.
Me cansé de oír susurros de disconformidad con el régimen. Pero más me sacudió la amabilidad interesada, muy estudiada, por momentos bastante mopla, de los cubanos que laburan con los turistas. Todo por una propina.

Estos tipos y tipas son, en un sentido, los privilegiados del sistema: en una noche pueden levantar la misma guita que un compatriota recibe al mes del Estado por cualquier otro trabajo. Pero también estos tipos y tipas ven pasar por delante de sus narices un consumo desmedido e inalcanzable. Me pareció una tensión de mierda.

Carlos, el mozo del 5 estrellas en Cayo Santa María, me cuenta demasiado pronto, antes incluso de servir la primera copa de vino, que cobra el equivalente a unos 15 dólares por mes.

-350 pesitos cubanos. Lo divides por 24 y ahí tienes, ¿tú crees? Y soy ingeniero mecánico y tengo 50 años y tres hijos y cómo tú crees que hago para comprarles zapatos... La cuota que nos da el gobierno de frijoles, arroz, aceite, azúcar y demás apenas alcanza para una semana, tú sabes.

Sé que recién llego: la cruda realidad es que me interesa menos el lamento de Carlos que el vino que todavía no me sirve pero, pobre, ¿no?, me digo, qué tristeza, y ya entendí, chico, tomá un dólar y llename la copa de una vez y dejame morfar en paz, la puta que te parió.

-Qué tristeza, Carlos -Le doy un dólar, meneo la cabeza.- ¿Es bueno este vino?

-No mucho pero espérame, amigo.

Se va. Y al toque vuelve y me entrega una botella de un tinto español menos berreta.

-A veces, para sobrevivir, no nos queda otra que robarnos algunas cosas y venderlas afuera. Así funciona. Estoy cansado de pelear tanto para sobrevivir, tú sabes.

-Qué tristeza, Carlos -Le doy otro dólar, meneo la cabeza.- Gracias por todo. ¿Después la seguimos?

-Claro, disfruta la comida, amigo, claro, claro...

Claro que me siento un hijo de puta: un hijo de puta que arranca sus muy ansiadas y necesarias vacaciones luego de viajar 15 horas entre taxi, bondis y avión, y ahora tiene mucho hambre y poca capacidad para la empatía.

3.
La moneda oficial es el peso cubano pero el castrismo creó otra para el turismo: el convertible, denominado CUC.

Un CUC equivale a un dólar, pero si cambiás 100 dólares te dan 87 CUC: hay 13% de castigo por ser guita gringa. Y no te aceptan tarjetas de crédito emitidas por bancos yanquis.

En la grilla de canales tuvieron que transar una CNN, un ESPN, un HBO. Y te los equilibran con TeleSur, tres versiones del CCTV chino, uno ruso y la arrugada estación oficial que fatiga propaganda y ejercicios de funciones trigonométricas: posta, eh.

4.
El reemplazo cubano de la Coca imperialista se llama Tu Kola y tiene un gusto a remedio espantoso. Te mando un fuerte y revolucionario abrazo.

Varadero

5.
Por teléfono, Ediel me ofrece dos inmersiones por 65 CUC. Y yo compro, cómo no.

Me pasan a buscar a las 8 en un bondi Yutong chino, cero kilómetro. Las zonas turísticas están repletas de bondis Yutong. Y en la marina de Las Brujas esperan amarrados catamaranes y otros barcos muy impecables, modernos y equipados: he buceado en distintas partes del mundo y honestamente, no pensé que los cubanos tendrían tanta infraestructura.

Le comento mi observación a Kim, un ingeniero en computación de origen vietnamita que vive en Toronto desde hace 35 años y viene seguido a la isla.

-En los 60 el primer ministro Pierre Trudeau hizo un acuerdo con Fidel Castro: alentaría los viajes de canadienses a Cuba si acá ponían buena calidad de servicios. Por eso venimos tanto; nos cuesta barato (unos mil dólares por una semana, todo incluido), tenemos lo necesario y ¡¡es un paraíso!!

Da ternura ver cómo los cubanos cuidan la infraestructura.

Creo que Ediel viene a verificar la validez de mi carné de buzo pero no:

-Tranquilo, chico, confío en ti. Por eso te pido que no digas nada.

-¿Que no diga nada sobre qué?

-Tú sabes, aquí nosotros vamos a hundirnos en el mar y te vamos a tirar fotos y videos y luego te editamos un DVD con música bonita y tú sabes, shhhhhh, si el gobierno se entera, estamos jodidos...

-No problem. ¿Cuánto vale?

-20 CUC, shhhhhh.

-Dale.

Al final Ediel se va con los principiantes y bajo con Adrián. Primero, 17 metros cerca de Cayo Francés con la compañía dientuda feroz de una barracuda del tamaño de Manu Ginóbili. Posta, eh: hay fotito. En la segunda descendemos 11 metros, recorriendo la barrera coralina por túneles y cuevas.

Si fuera más ordinario, diría que se trató de dos orgasmos submarinos de la puta madre.

-¿Entiendes -me dice Adrián- por qué yo no soy de los que se quieren ir del país? Ni me interesa el régimen, tú sabes, pero cómo no ser feliz aquí.

6.
Así como el nombre de aquel es Ediel y el de este Darién, aquella se llama Yoanisleidi y la de más allá, Onelys.

También tenés un Ociel y un Yusisley y una Danayasi y una Rubiseida.

-Pegame y llamame como se te canten las pelotas.

La Habana

7.
Ay, comandante, si estuviera tu querida presencia y vieras a semejante cantidad de boludos consumiendo tu jeta en la remera, tu Partagás, tu boina con la estrellita roja, ay, seguro les meterías juicio revolucionario sumarísimo y los cagarías fusilando vos mismo, Che, como hiciste tantas veces.

8.
El bondi que va a Varadero se vara a mitad de camino porque casi todos tenemos que hacer pis.

El chofer nos lleva a una casa presidida por un cartel: "Baño, $ 1".

Hacemos la fila en un patio desde cuyo fondo nos mira un viejo tembloroso apoyado en un bastón; parece concentrado en un punto específico del horizonte, o tal vez sea ciego. Una mujer más nerviosa que el 98,6% de los cubanos se dedica a limpiar las dos letrinas disponibles y a cobrar el servicio: cada usuario paga un CUC.

-En realidad la tarifa es un peso cubano, ¿no? -le digo casi en el oído: no quiero joderle el negocio. Es domingo. Me mira con cara de shhhhhhh.

-Claro, chico. Jamás hubiera esperado esto -En un día normal debería recaudar unos 25 pesos y se está llevando alrededor de 600 en un ratito-. Esto es una bendición.

Literalmente, con perdón: lluvia dorada.

9.
El baño de este bungalow está extrañamente dividido en dos: por un lado, la bañera y la bacha y por el otro, separado con una puerta transparente, el inodoro... al aire libre, con un techito de vidrio y sin bidé.

Literalmente, con perdón: cagás mirando las estrellas.

También hay un cantero con plantas y muy cerca de mi ojota derecha descubro un alacrán. Lo mato y de pronto aparecen para devorarse el cadáver decenas de hormigas coloradas del tamaño de Manu Ginóbili. Posta, eh: aunque no hay fotito.

-No son animales peligrosos... -me dice una recepcionista del hotel que puede llamarse Yoanisleidi o Rubiseida-. ¡Estamos en un país tropical, qué tú quieres!

-No morirme en este paraíso, nomás. Aunque ahora que lo pienso no estaría tan mal.

10.
Porque leí con los pies sepultados en la arena harina, tomé y morfé para envidia del 98,6% de los cubanos, buceé en los corales con una barracuda, toqué delfines, navegué en catamarán sin motor, anduve en kayak y en motito y en cocotaxi y en bondi chino Yutong y en bici de agua y en patas por mil recovecos de La Habana y playas gloriosas, fumé habanos riquísimos, clavé mojitos en La Bodeguita del Medio, daiquiris en el Floridita, piñas coladas en el Hotel Nacional, cervezas en la Plaza Vieja, vinos españoles berretas por todos lados, y descansé y disfruté amorosamente: no estaría tan mal porque tuve tantísimos toques de felicidad, gracias a vos.

Cayo Blanco