miércoles, 13 de octubre de 2010

722. Ya pasó


Y
a llegué a Ezeiza, me fue a buscar Pablo, nos pusimos más o menos al día, morfamos asado.

Ya tomé una cerveza con mi hermana Giselle.

Ya Buenos Aires me dio una despedida divina.

Ya Bahía me recibió con el cliché de su viento entrañable.

Ya conversé con La Tipa y comí uno de sus bifes.

Ya estoy en el diario, trabajando: pero qué alegría, che.

lunes, 11 de octubre de 2010

721. A lot of thanks

(Desde Minneapolis)


Bueno, game over: en un ratito embarco para Atlanta y de ahí, derecho a Buenos Aires.

El programa del World Press Institute me entregó un tocazo de grandes experiencias, tanto en lo profesional como en lo personal. Y por eso me toca ahora dar las gracias:

-al grupo del WPI, encabezado por el director ejecutivo David McDonald, y la Universidad de St. Thomas;

-a los nueve colegas y compañeros: la finlandesa Annika, la china Ying, la turca Senay, la india Anshika, la nigeriana Modupe, la egipcia Hanan, el macedonio Darko, el afgano Lotfullah y el húngaro Attila;

-a los amigos John Kelly, Jim Rowe y el Cabezón Bogado: un gusto verlos de nuevo en Washington DC;

-a mis familias adoptivas de las muy hospitalarias Ciudades Mellizas (Toni y Larry; Terry y Susan) más otra muy buena gente como Frank, Duchesne, Andy, Matt, Doug, Denise, Nora, Sandra, Vicky, Laura, Alejandra;

-a todos los personajes con los que me crucé en la noche norteamericana;

-y a los que me dieron la oportunidad de hacer todo lo que hice acá durante los últimos e inolvidables dos meses.

viernes, 8 de octubre de 2010

720. Preparé, apunté, tiré y pegué

(Desde St. Paul)


-Bienvenido a los Estados Unidos -me dice Matt ahora que ya hice algo muy estadounidense: vaciar el cargador de una 9 milímetros.


Conocí a Matt como se conocen los pliegues distintos de un lugar: de noche, en un bar, escabiando.

Fue en el "Blue Door" de St. Paul, antes de la gira que hicimos los periodistas del World Press Institute por San Francisco, Boston, Nueva York, Washington, Miami y Chicago. La conversación surgió porque en la TV pasaban un partido de fútbol americano y yo trataba de entender algo por enésima vez.

Matt y su amigo Andy me repasaron lo básico pero pronto pasamos a quién era cada uno de nosotros, mientras desfilaban las pintas de la riquísima y local Surly Furious. Así me enteré, entre varias cosas, de que a los dos les gusta practicar tiro sin ser unos jodidos rednecks republicanos de manual.

-¿Puedo acompañarlos un día de estos? -dije.

-Seguro, por qué no -dijo Andy-. Avisame cuando vuelvas de tu viaje y arreglamos.


El papel cuelga a siete metros de donde estoy parado con las piernas abiertas. Lo miro fijamente. Obsesivamente. Miro sus siete círculos concéntricos: los dos blancos más lejanos, los cuatro negros y el rojo chiquito desafiante. El efecto es hipnótico, sobre todo porque me olvido de respirar mientras mantengo los brazos estirados, tensionados, y cierro el ojo derecho para que el izquierdo vea alineadas las tres referencias de la mira. Entonces deslizo el dedo índice y aprieto el gatillo de la 9 milímetros Springfield Armory XD, aprieto una, dos, tres veces, cada estallido me aturde y me sacude, de la punta sale humo, huelo la adrenalina, siento un extraño alivio, una extraña sensación de poder, transpiro, tengo que respirar, tiemblo, tiro y tiro, los cartuchos saltan, en mi cabeza se cuela Break on through, me gustaría tener pañales.


La primera ronda de mi vida constó de doce balas. Todas dieron en el blanco. Once se incrustaron en la parte negra: hice un tiro de siete puntos, dos de ocho, cuatro de nueve, cuatro de diez. El último, redondito, reventó en el centro rojo chiquito desafiante: bullseye!



Hice dos rondas más con la 9mm de Matt e increíblemente siempre metí bullseye. Y no era fácil, eh: los chicos van seguido al polígono y no lo hicieron... Ahora, con la Norico .45 de Andy no hubo caso: el toro sobrador me guiñó el ojo una y otra vez.

Coronándola, los tres mandamos al "Blue Door" para unas hamburguesas, el partido de béisbol Twins-Yanquees y, of course, más y más furiosas maleducadas. Fue un día extraordinario, muy estadounidense: otra de las tantas cosas que me pasaron en este país y jamás olvidaré.

Thanks guys!

miércoles, 6 de octubre de 2010

719. Me llevo inspiración (suena bien)

(Desde St. Paul)


La última pregunta de la audiencia en el foro público que los 10 periodistas del World Press Institute protagonizamos anoche en la Universidad de St. Thomas fue: "¿Qué se llevan a sus casas?".

Cuando me tocó el turno de responder, mis compañeros ya habían hecho el chiste de la ropa que se compraron, el del peso en las valijas, el de la montaña de anécdotas y hasta el de la buena impresión de los Estados Unidos. (Mis compañeros son extremadamente graciosos.) Entonces dije:

-No soy muy materialista. Principalmente porque soy un pobre periodista que no tiene un mango. Aunque sí me compré un par de buenas remeras (como la que dice "Not tonight, darling... I'm on deadline"), me hago el bohemio grasa y les digo que lo más importante que me llevo es comida para el alma. Me refiero a cierta inspiración. Sobre todo en lo profesional, después de conocer tanto colega que la rema con pasión en estos tiempos turbulentos. Pero también en lo personal, después de toparme con tipos de más de 70 años como Buddy Guy, Eddie Shaw y Dave Karr que se inundan de música para que la vida suene menos miserable. Cuando vuelva a casa tengo que agarrar el saxo otra vez, urgente. Muchas gracias.

sábado, 2 de octubre de 2010

718. Cinco cosas que me pasaron en Chicago y jamás olvidaré

(Desde Chicago)


1)
Asimilar la impactante belleza ecléctica de la Rosario yanqui pasada por agua: tanto desde el lago Michigan...



... como desde el río Chicago.



2)
Apreciar la fabulosa colección de imágenes del francés Henri Cartier-Bresson (el gran mestro del fotoperiodismo) en una exhibición especial del Art Institute, el tercer museo más visitado en los Estados Unidos.

[Retrato de Jean-Paul Kirchner Sartre (1946).]


3)
Salir a la terraza del loft suburbano donde se hace la fiesta y tomar un Cabernet Sauvignon y fumar un Parliament escuchando el tren que pasa allá abajo y mirando allá lejos el horizonte urbano ahora nocturno.


4)
Peregrinar hacia el estadio United Center de los Chicago Bulls: el Olimpo del dios basquetbolístico Michael Air Jordan.



5)
Saborear el blues local en dos tajadas demasiado ricas:

a)
El mismo día que llegamos organicé todo para vivir un poco el club de Chicago: "Buddy Guy's Legends". Lo abrió en 1989 el genial guitarrista del que aprendieron (entre otros) Eric Clapton, Jimi Hendrix y Stevie Ray Vaughan: a ver si me entendés.

Justo esa noche tocaba Marty Sammon, el tecladista de Buddy. Me acompañaron la nigeriana Modupe, el afgano Lotfullah y el macedonio Darko.

Iba todo más o menos bien: blues correctísimo, turístico. Aunque en un lugar sin humo de cigarrillo, sin olor a pis y/o vómito y/o alcohol derramado, sin gente bailando; con aire acondicionado, con cámaras de seguridad, con jabón automático en el baño, y músicos tomando agua mineral. Un poquito triste, el blues.

En fin. Decía que iba todo más o menos bien... hasta que se hizo inolvidable: de pronto, sin presentación, apareció en el escenario el mismísimo Buddy Guy, leyenda viva, y se puso a improvisar con sus 74 años y una copa de coñac en la mano.

[Foto: Lotfullah, AKA Mi Amigo.
Dato innecesario de color: en la audiencia estaban
el filósofo argentino Tomás Abraham y su mujer.]



b)
La última noche, el viernes, después de la fiesta en el loft unos cuantos mandamos al "Kingston Mines", supuestamente "el club de blues real más antiguo de la ciudad".

Y nos tocó el privilegio de escuchar en vivo al gran Eddie Shaw, a los 73 años, metiéndole terciopelo y fuego a su saxo tenor; otro que me dijo abuelísticamente: "Metele, nene, volvé a tocar". Y yo necesito mi mojo: ya va, dale que va.

[Foto: Anshika, AKA The Maharishi.
Dato innecesario de color: en la banda de Eddie,
llamada Wolf Gang, su hijo toca la guitarra triple.]